Open Mic

Talent shows y buenos sentimientos

Esta semana llegaron a su fin los dos últimos talent shows, que nos ha ofrecido nuestra televisión. En el aclamado Top Chef, Begoña Rodrigo, una cocinera valenciana, se llevaba honores y la mejor promoción del mundo para su restaurante, tras semanas de creatividad, técnica y talento.

En la segunda edición de La voz, el cante flamenco e inmenso de David Barrul nos llenaba de emoción hasta hacerse con una victoria más que merecida.

El triunfo incontestable de estos dos programas viene de la necesidad de que la realidad nos muestre verdad, sensibilidad, magia; ya sea sobre un escenario, ya lo sea en una mesa. El público compra sentimientos, compra la idea de que el ser humano normal y cotidiano es capaz de regalarnos momentos donde sólo queda la admiración y el congojo en la garganta.

Hay algo en estos triunfos que entronca con la necesidad de nuestra sociedad por encontrar honestidad en alguna parte, luces en algún rincón,  contaminada como está entre la marea de escándalos y vergüenzas que nos rodean. Hay algo en estos triunfos que nos acerca a la esperanza de que nuestro vecino de al lado tenga un chorro de voz que nos erice la piel o que nos haga vibrar de admiración por algo que lo convierta en diferente. Hay un deseo a gritos de que lo extraordinario nos toque al menos de refilón. Y eso es así, porque lo normal y lo ordinario ya nos inundó hace tiempo.

En la misma semana que David Barrul y Begoña Rodrigo nos devolvían la creencia de que en cada uno de nosotros hay un generador de emociones honestas, se sospechaba que áticos marbellís se pagaban de extrañas maneras, se cruzaban correos entre antiguos mandatarios y capos de cajas de ahorro que cambiaban preferentes por caviar beluga, se investigaban sedes glamurosas por policías incrédulos.

Hace unos días en una prueba de campo a través, un atleta keniata se dirigía a cruzar la meta cuando a pocos metros de ella equivocó el camino. Creyéndose ganador y dada su enorme ventaja decidió caminar hasta el falso punto final. Tras él, un competidor español, segundo e imaginamos que ansiando los mismos honores que el rival africano, vio la escena y ayudó a su contrincante a identificar el camino correcto hasta empujarle materialmente a la línea de llegada correcta, en primer lugar, como no debía ser de otra manera. Esta semana leímos la historia en todos los periódicos e imaginamos que a la llegada de este atleta ejemplar habría un quejido bueno susurrando en exclusiva para él y una magnífica tarta de recuperadoras manzanas para ser devorada. Imaginamos también que nadie querría venderle nada un rato más tarde ni hacerse una foto oficial para sacar ventaja.

Y es que la imaginación tiene la paciencia infinita y la constancia suprema de mantenernos cerca de los sueños.