Spy.

¿Más allá del espionaje?

Llevamos semanas dándole vueltas al tema del espionaje. Estados Unidos espía a Alemania, a España, no se sabe muy bien a quien más. Teléfonos pinchados, emails, privacidades.

De repente nos echamos las manos a la cabeza por algo que sospechábamos e implícitamente aceptamos todos.

Hay un elemento de intromisión cada vez que aceptamos compartir nuestros datos en una compra online; cada vez que por conseguir una ventaja, un descuento, un código promocional, asumimos que días después recibiremos cientos de publicidades que en el mejor de los casos sólo nos robarán nuestro tiempo.

Que en estos momentos actuales todos somos una suerte de espías y espiados lo demuestran nuestras dinámicas diarias en las redes sociales, en los Twitters y Facebooks donde seguimos y somos seguidos en la mayoría de casos por temas que a casi nadie interesan ni preocupan. Y entonces, de vez en cuando, recibimos extrañados uno de esos mensajes tipo “He decidido cambiar mi configuración de privacidad en….”Y nadie hace ni puñetero caso.

Con los americanos, por otro lado, seguimos demostrando la misma relación ambivalente entre el recelo más o menos fundado y la admiración menos o más justificada.

Al espionaje hemos llegado desde hace tiempo, desde la sumisión cultural ordenada con dos o tres arranques bravucones al estilo Bienvenido Mr Marshall. Hemos sustituido comercios por centros comerciales donde llevar a los niños a castillos de bolas yanquis, a ver blockbusters en ningún caso de indios, a comer en cadenas nada nacionales y a comprar cacharros con muñequitos robóticos y manzanas jugosas.

Aún así, tenemos ministros que avisan-sic-que tomaremos medidas oportunas si se comprueban las correspondientes filtraciones y ex presidentes que hace años se quedaban sentados en los desfiles ante la bandera de turno, para luego dar explicaciones a la “remanguillé”.

No nos olvidemos, que el día que comenzamos a interiorizar Guerras de las Galaxias, Indianas Jones, Nikes Air Jordan y dibujos amarillos con monopatín, empezamos a sentir que todo aquello formaba parte de nosotros del modo más natural y dos generaciones después hemos admirado en el cine a genios de la informática levantando imperios, y en Youtube hemos seguido abobados discursos del mismo tipo que mientras nos cambiaba la vida,  nos hacía esclavos de un ecosistema amanzanado sin gusano y con miles de colores. Y todo sin queja ninguna, por eso de ser cool.

¿Dónde ponemos la frontera? ¿Dónde la queremos poner?