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En la muerte de Mandela

El viernes pasado moría el preso 466/64 de la prisión de Verste,  moría Nelson Mandela, Madiba. Con la muerte del líder sudafricano, agonizante en los últimos dos meses, se marcha una de las personalidades más carismáticas y admirables del siglo pasado. Un ejemplo de compromiso con un ideal, un espejo de inspiración entre tantos casos de líderes destinados a más cortos objetivos o ambiciones.

La historia de Madiba es la historia de una pelea más allá de los intereses individuales, más allá del sufrimiento y la privación. Encarcelado durante más de treinta años por su denuncia del Apartheid  en Sudáfrica, Mandela es el símbolo de la lucha contra las injusticias en el siglo XX. Una injusticia traducida en una desigualdad de trato institucionalizada y elevada a norma por el Estado, una manera de discriminar ciudadanos de primera y segunda categoría. Renunciando a su propia vida y asumiendo trabajos forzados y torturas en uno de los periodos mas vergonzantes de la historia humana reciente, Mandela llegó desde su pelea individual a derribar una barrera insondable en la mente de muchos de sus contemporáneos. Como dijo alguna vez “Si deseas hacer las paces con tu enemigo, tienes que trabajar con tu enemigo. Entonces se convierte en tu compañero»

De esta manera consiguió llegar a presidir el mismo país que le había privado de libertad durante tres décadas, consiguió convertir en una impensable voz única aquella aspiración colectiva materializada en el Mundial de Rugby del año 1995, donde desde la presidencia de honor del Torneo consiguió que todo un país de negros y blancos abrazara y llevara hasta el título mundial a un equipo en el que sólo jugaba un jugador de color.

Todo un símbolo de que la determinación y la obstinación en la defensa de la justicia y de un mundo mejor puede llevar al ser humano a conseguir el mejor de los ideales.

Es por ello que tanta gente llora este fin de semana la muerte de Madiba, del preso 466/64. Es por eso que el mundo se siente hoy un poquito más huérfano.