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En la muerte de Luis Aragonés

El sábado nos dejaba Luis Aragonés, Zapatones, “El sabio de Hortaleza”. Nos dejaba el hombre que cambió la historia del fútbol español, el hombre que transformó un equipo históricamente perdedor agarrado al único concepto de la furia, en el equipo que asombró al mundo con el triplete de títulos que empezó aquella tarde en Viena. Y lo hizo además inventando un estilo, ese tiki taka del que tan orgullosos nos sentimos los españoles.

Luis creo representa como nadie el alma española, ese alma socarrona, alegre, despreocupada y a veces chusca, que es capaz de decir las cosas sin el menor de los rubores, que se envalentona inocentemente para autoconvencerse, que se deshace en la mayor de las ternuras por una humanidad sin escondite. Y creo que por eso a Luis Aragonés, en lo más hondo de nuestro corazón se le quiere y se le querrá tanto.

La historia de Luis y nuestra selección es la historia de un país que alcanza las mayores cotas manteniendo lo más profundo de su forma de ser. Es como si nuestro abuelo cascarrabias hubiese conquistado América  y se hubiese fumado un puro seguido de una gran sonrisa, como queriendo decir “tampoco fue tan difícil”. La historia de Luis es como llegar al mejor baile en el mejor de los palacios centroeuropeos, ligarse a la chica más guapa y eructar al terminar de comer.

Si lo comparamos con nuestro ejemplar Del Bosque, tan calmado, juicioso y elegante, con Luis teníamos ese trozo de cada uno de nosotros, imperfecto, latino y macarra, ese pedazo de corazón al que los triunfos le gustan con chulería, con cierta sonrisa esquinera, con el reconocimiento de nuestro alma de bandoleros que casi nunca ganan. Cuando veíamos a Luis nos imaginábamos vacilando a nuestros vecinos y cuñados por saber menos que nosotros, saboreando las páginas del Marca en vez del mas sesudo de los libros, tirando servilletas de papel en el bar de los calamares, sintiéndonos auténticos. De alguna manera Del Bosque es lo que queremos ser y Luis era lo que somos.

Con Luis se nos ha ido el último reducto de lo que intuyo muchos españoles creen que es lo más profundo de su ADN. Ese tipo canallesco y en chándal  que dentro guarda la más inocente de las bondades, la más sincera de las carcajadas.

Descanse en paz abuelo.