Barack Obama

A vueltas con Nelson Mandela: más allá de la ficción

La vida se nos muestra en ocasiones como un compendio de contrastes difíciles de explicar, una alternancia exagerada que nos lleva sin parada intermedia de los momentos más agrios a las situaciones más locas. En ese sentido podríamos decir que a veces vivimos tragicomedias que superan la ficción. Esta semana hemos “disfrutado” algo así en el evento catódico del año, el funeral de estado de Nelson Mandela.

En medio del boato y la parafernalia para engalanar el deseo real y multitudinario de despedir a uno de los personajes más íntegros y admirables de la historia reciente, allí, como la sustancia de un buen guiso o como el picante de una salsa sabrosa, hemos descubierto situaciones que nos han movido entre el bochorno y la risa sin pausa ninguna.

Junto a la tristeza por despedir a quien se iba, estuvo el flirteo sacado de quicio de un presidente del mundo, imaginamos que estresado hasta niveles inimaginables, que decide hacer una foto con un colega y una atractiva rubia que resulta ser la presidenta de un país aliado. Y ahí estuvieron las miradas cómplices entre Obama y la susodicha, las carcajadas que tan mal encajaban en momento tan enlutado, las uñas felinas de Michelle defendiendo la presa, ese cuerpo metido entre medias para marcar territorio, ese mear para que el círculo quede bien definido.

La historia que sin duda puede haber sido una de la más inoportunas y kafkianas de la última escenificación política, no quedo ahí sino que añadió a la trama ese magnífico y surreal secundario, que a modo de mimo burlón se situó esta vez detrás del señor Obama y deleitó al universal repertorio con un catálogo de gestos y expresiones que amén de ofender a todos los sordos del mundo nos devolvió al resto de mortales  la ilusión infantil de que junto a el fuera a aparecer Leslie Nielsen y tomando en volandas a la reina de Inglaterra se deslizara por la tribuna de oradores con la intención de besarla compulsivamente.

A la misma hora de los discursos, en la casa del venerable y anciano Desmond Tutu, otro de los tótems de la bonhomía sudafricana, y aprovechando su presencia en los funerales, un grupo de mangantes desvalijaba la residencia del clérigo llevándose todo lo que encontraron a su paso, imagino que sin atender en exceso a la televisión.

Y yo me pregunto ¿Tiene sentido que sigamos pensando que las pelis de Almodóvar no tienen ni pies ni cabeza?